UN OTOÑO GRIS

                     UN OTOÑO GRIZ

 

Era otoño…, cuando lo almendros pierden toda su vestimenta y exhiben su frágil y tortuoso esqueleto retorciéndose en dispares direcciones que rara vez apuntan al cielo. La leña caída por la tormenta se agazapaba a sus pies, como esperando un descuido para poder volver a subir y fundirse de nuevo en ellos. Un olor a húmedo envuelve el ambiente, un olor a madera quemada, a humo y a fuego, un humo que se eleva misteriosamente en el cielo para llegar a acariciar las estrellas y cubrirlas para atenuar el frío de la oscuridad.
Al otro lado de esa gélida noche, en su refugio de mortal estaba Miguel, frente a la chimenea ya encendida, con la mirada perdida en el chisporrotear de aquella candela. Estaba allí sentado con un objeto entre las manos, parecía una carpeta, pero no lo era; era un viejo álbum de fotos, donde se agolpaban mil recuerdos, sentimientos encontrados; buenos, malos, tristes y alegres, fotos que todo lo guardan, momentos ya vividos, como aquellos cuentos que leía a sus hijas, cuentos de bosques inundados de setas, esas casas de diminutos duendes juguetones y rudos por naturaleza. Historias donde los lobos y otras alimañas eran los cruentos protagonistas, todas esas historias reunidas una y otra vez alrededor de aquella vieja chimenea, inundando uno tras otro tantos días de otoño con sabor a despedida.
Miguel, recordaba las caras de sus hijas, sus risas y su complicidad, ellas eran todo lo que tenía. Su mujer murió para él hace mucho tiempo, y ellas llenaban su vida. Pero este otoño era diferente, estaba solo, sus hijas ya mayores volaron de su lado hace tiempo, buscando su felicidad, y él se aferraba con fuerza a la suya perdida, a ese descolorido álbum donde se agolpaban desordenados sus recuerdos.
Un sonido familiar rompió tan prolongado silencio, una dulce melodía que se paseaba por sus oídos llevándole a su destino.
– Hola, dígame?
– Hola -dijo la voz de una mujer.

Una sonrisa se dibujó en su cara, había reconocido la voz de Patricia y eso llenaba de luz su presente.

– Hola Patricia, me alegro mucho de escuchar tu voz, que tal estás?
– Bien, aunque te he echado mucho de menos
– Ya regresaste?
– Si, he regresado hoy, y estoy muy cerca de ti.
– No me digas?, yo también te he echado mucho de menos, no creí volver a verte.
– Todavía no me has visto. -Dijo ella con tono pícaro
– No será por falta de ganas, donde estas?
– Estoy en el hostal de siempre recuerdas?
Como iba a olvidar tan bello camino, tantas veces recorrido y a su vez tan odiado por querer que desapareciera para siempre
– Me gustaría verte -dijo él.
– Ven, te llevo esperando desde el día que me fui.

Se le atropellaban las palabras en su cabeza, mil onomatopeyas rondaban por su mente y por fin sacó de ella una palabra, seca, concisa.
– Voy.

Miguel ese hombre gris, cogió su gran abrigo gris, se puso su sombrero gris y volando por encima de los escalones bajó a la calle.

Otoño gris, un otoño lleno de hojas secas, un camino desdibujado, un camino con un final, un hombre ilusionado, un hombre con el cuerpo helado, un hombre con un corazón caliente o un hombre enamordo.

 

Autor desconocido

 
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